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Wednesday, February 29, 2012

En su justo lugar y perspectiva: Quejarnos menos y agradecer más

Aunque este invierno no ha sido tan crudo como los pasados, a mí ya me empezó a dar "cabin fever" y empieza a causarme un poco de ansiedad el sentirme encerrada y sin nada qué hacer con dos niños que, creo yo, necesitan mucho más movimiento que el que pueden tener en la casa. El problema aquí no es solo el invierno sino el hecho de que vivimos en un pueblito bicicletero que no tiene mucho qué ofrecer para los niños (y para nadie, la verdad) y todo lo que vale la pena está a una hora o más manejando, lo cual no es nada práctico, así que el fin de semana pasada pasé, no les miento, horas pensando en qué hacer para entretenernos y salir de la casa. Al final, se nos ocurrió llevar a los niños al alberca del complejo deportivo local para que todos pudiéramos pasar un rato agradable.

Cuando empecé a alistar a la familia para irnos, cometí un error garrafal: le puse el traje de baño a la Frijolita en la casa. Digo que fue un error porque ella se emocionó muchísimo y después no podía entender por qué queríamos ponerle encima otra vez la ropa de calle, la chamarra, las botas y el gorro ¿pues qué no íbamos a nadar? ¿qué cosa cruel era esta de ponerle el traje de baño y luego volverla a vestir? ¿acaso sus papás se habían vuelto locos? La Frijolita no estaba dispuesta a dejarse vencer y nos otorgó el que quizá ha sido el más grande berrinche que ha hecho hasta ahora.

La cosa con los berrinches es que son la única forma que tienen los niños muy pequeños de expresar su frustración. Yo trato de imaginarme que a los niños les sucede lo que a mí me pasaba TODOS los días cuando vivía en China: estás frente a alguien con quien piensas que no debería ser tan difícil entenderte pero ¡no entiendes nada! Y no solo eso sino que tampoco te entienden y la barrera del idioma se convierte de repente en algo tangible y sumamente frustrante que hace que te quieras tirar de los pelos. Yo lo viví durante tres años y, francamente, a veces me quería tirar al suelo a llorar, así que puedo comprender perfectamente que mi hija de dos años explote en un mar de lágrimas porque sus papás no están entendiendo lo que quiere comunicar. Créanme, es HORRIBLE.

Así que en general trato de tener toda la paciencia posible y seguir explicándole lo que pasa, con palabras simples, agachándome para estar a la misma altura, viéndola a los ojos. "Nena, te tenemos que vestir porque para ir a la alberca hay que salir a la calle y hace mucho frío". Nada, cuando el berrinche está a todo lo que da, es muy difícil pararlo. Con todo y que para todo lo demás en mi vida soy sumamente impaciente, increíblemente, los berridos de mis hijos no me alteran sino que bloqueo el ruido y me concentro en guardar la calma y resolver el problema. Lo malo es que el Maple Pie no es así y para él era muy difícil estar escuchando los gritos por demás agudísimos de la Frijolita y tratar de vestirla mientras ella se retorcía y se rehusaba a meter los pies en el pantalón. El berrinche terminó explotando por los dos lados, con el esposo enojado y queriendo abortar la misión porque "para qué todo este desastre si ya estamos todos de malas" (¿todos, kemo sabe?) "y además para el poquito tiempo que vamos a estar en la alberca, no vale la pena".

Así que me tocó armarme de más paciencia para terminar de vestir a la Frijolita, que seguía pataleando, consolarla, preparar al Borreguito, preparar las cosas de todos y convencer al esposo de seguir adelante con el plan. Funcionó y por fin salimos rumbo al deportivo, aunque a esas alturas, la única con media sonrisa en la cara era yo (bueno y el Borreguito porque no tenía ni idea de qué sucedía). El complejo deportivo, la verdad, está bastante bien y tiene en el área de la alberca un vestidor familiar mixto, con lockers y vestidores amplios, una maravilla. Ahí nos encontramos con una mujer, acompañada de otra más joven, que llevaba dos muchachos cercanos en edad que a mí me parecieron hermanos. Los dos muchachos claramente sufrían de discapacidad, pero la de uno de ellos era sumamente severa y contaba con una serie de deformaciones extremadamente graves que ni siquiera puedo describir, se encontraba, por supuesto, en una silla de ruedas.

Mientras alistábamos a nuestros niños, nos tocó ver cómo ellas alistaban a los dos muchachos y cómo preparaban al muchacho en silla de ruedas para ponerlo en una silla especial para meterlo a la alberca (el complejo tiene rampas en la alberca pues dan terapias de rehabilitación física). Salimos hacia la alberca casi al mismo tiempo que ellas y después, mientras nosotros jugábamos con los niños en la parte baja, aquella mujer realizaba ejercicios con los dos muchachos ayudada por la otra chica, que supongo era la terapeuta.


Este episodio fue un momento de mucha reflexión para mí. Ahí estábamos nosotros dos, con nuestros dos hijos sanos, nadando porque estábamos aburridos en la casa y planeando una noche simple de pizza y películas; mientras tanto, ahí estaba esa mujer con sus dos hijos discapacitados, haciendo ejercicios de rehabilitación para poder darles una mejor calidad de vida. No quiero decir que su vida sea peor o mejor que la mía, es simplemente una vida diferente, pero eso sí, mucho más difícil y me atrevo a decir, llena de dolor.


La lástima es un sentimiento negativo y no fue eso lo que me invadió, pero sí se apoderó de mí una fuerte sensación de agradecimiento, humildad y un poco de vergüenza. Otra vez, por pura casualidad, créanme, nos tocó encontrarnos en el vestidor y al mismo tiempo empezamos a preparar a nuestros hijos para partir. Está por demás decir que nosotros, con dos niños pequeñitos, chamarras, botas, gorros y guantes, terminamos primero. Cuando nos fuimos, me despedí de ellos con un "bye, have a great day". Me quedé pensando mucho y lo que quiero compartir con ustedes es esto:


¿Cuántas veces nos quejamos de nuestros hijos o perdemos la paciencia con ellos sin ponernos a pensar si realmente vale la pena sentirnos así y si estamos siendo justos con nosotros y con ellos?


¿Cuántas veces, por el contrario, ponemos las cosas en perspectiva y nos ocupamos más en agradecer que en quejarnos?


Si el mayor problema que tenemos con nuestra hija es que hizo una pataleta y no se dejaba poner la ropa porque no nos estábamos entendiendo con ella, creo que somos extremadamente afortunados.


Si el mayor problema que tenemos con nuestro hijo es que no le gusta estar mucho tiempo solo y a veces no me da tiempo de tomar el baño largo que añoro, creo que somos extremadamente afortunados.

Somos afortunados por el hecho de que somos padres, porque nos pudimos embarazar rapidísimo las dos veces, porque, con todo y las incomodidades y dolores normales, viví dos embarazos saludables y que llegaron a término y porque me entregaron dos bebés sanos en todos los sentidos habidos y por haber.

Si mi mayor tragedia en la vida es que no pude parir a mis hijos de manera natural, en agua y en mi casa como yo quería y tuve que pasar por dos cesáreas, soy afortunada. Si mi mayor frustración con mi hija es que, por las razones que sea, no la amamanté como quise, soy afortunada. Si mi mayor preocupación cuando nació mi hijo fue que nació con una pequeña bolita en el lóbulo derecho ("skin tag" o "lunar de carne" me han dicho que se dice), soy extremadamente afortunada.


Todo fuera como eso.


Mi admiración completa y total para los padres que con su mayor esfuerzo y amor crían a un hijo con alguna discapacidad o problema. No puedo siquiera empezar a imaginar lo difícil que debe ser en todos los aspectos. Quizá no puedo hacer nada para aminorar su carga, pero la enseñanza que nos dejan a los demás papás todos los días no debe pasar desapercibida. 


De verdad me parece que no hacemos el suficiente esfuerzo todos los días por darnos cuenta de lo afortunados que somos, pero no solo eso, por poner en perspectiva los pequeños inconvenientes del día a día, que si el niño no se comió todas sus verduras, que si la niña se arrancó los moñitos del pelo que tanto trabajo nos costó ponerle, que si se ensuciaron el trajecito que les pusimos,  que si no dejan de decir "mami, mami, mami, mami" mientras caminan tras de nosotras cuando estamos haciendo una llamada importante... en fin, tantas y tantas cosas pequeñas y sin importancia que nos tomamos demasiado a pecho sin ponernos a pensar en la fortuna que tenemos en tener hijos que pueden moverse, caminar, hablar y hacer travesuras.


Todo fuera como eso ¿no creen?

Friday, October 29, 2010

Lo que quería y lo que fue

Antes de embarazarme tenía muchas ideas sobre qué tipo de mamá quería ser, cómo quería vivir mi embarazo, qué tipo de parto quería tener y cómo quería criar a mis hijos. Creía poseer la suficiente información para tener una claridad absoluta sobre cómo hacer las cosas y pensaba que estaba preparada para hacer que todo fuera como yo lo había deseado.

Pero si algo nos enseñan los embarazos y los hijos es que puedes tomar tus ideas, deseos y propósitos y tirarlos por la ventana porque muy pronto descubres que la maternidad no es como la imaginabas ni como la planeabas sino es... como es. Aprendes que a veces no hay tiempo ni posibilidades para que todo salga como esperas y aprendes que la personita que traes al mundo tiene una personalidad propia y por tanto necesidades y gustos que pueden diferir de lo que tenías en mente antes de conocerla. Y claro, también aprendes que tu propia voluntad no es tan de acero como pensabas y que tu cuerpo no responde necesariamente de la forma en que quieres que lo haga.

Por pura diversión, aquí les va la primera parte de mi comparativo de lo que yo pensaba que sería contra lo que terminó siendo y lo que aprendí en el proceso:

Advertencia: Como siempre, mis posts son ante todo descriptivos de mi loca vida. No soy experta en NADA -vamos, ni en ser yo- pero así me tocó vivir y algo he de haber aprendido en el camino. Espero que se rían y hasta que me compadezcan, pero no tomen a mal mis vivencias o mi forma de pensar.

Del peso

Lo que pensaba: Me voy a cuidar muchísimo, no voy a subir de peso más que lo  necesario, haré yoga y ejercicio todo el tiempo y recuperaré mi figura de inmediato.

Lo que fue: ¡JA JA JA y más JA! ¿Por dónde empezar? Pasé los primeros tres meses vomitando todo lo que comía, quedándome dormida en TODOS lados y sintiéndome lo más cansada que me he sentido en toda la vida, así que para el cuarto mes me dije "merezco un descanso, he pasado todos mis veinte haciendo ejercicio y cuidando absolutamente todo lo que como, así que me daré todos los gustos que me he negado estos años durante unas cuantas semanas"... que se volvieron siete meses. Creo que me desquité de todas las dietas y horas en el gimnasio a las que tuve sometido a mi pobre cuerpo y me fui al otro extremo del espectro. Oh sí, me quité mis pantalones talla 2 (ok, 4, ash), mis tacones altísimos, me puse un batolongo y unas chanclas y me puse a tragar Cheetos y pizza enfrente de la tele (eso sí, nada de Coca jaja). Corte a: "oooops Galle, subiste 35 kilos" Sí ¡TREINTA Y CINCO! Oink.

Lo que aprendí: No tengo pretexto, me tiré vilmente a la gula a sabiendas de que no era lo mejor ni para mí ni para mi bebé. No puedo decir que "no sabía" porque había leído mucho de nutrición, pero simple y sencillamente tomé el camino más fácil porque tenía hambre y sueño y no quería hacer nada. La enseñanza más grande que me quedó de esta experiencia es que es facilísimo subir 35 kilos, pero no es NADA fácil bajarlos, me ha tomado casi un año bajar 28 de los 35 kilos que subí y no he recuperado ni en un 40% la condición física que tenía. Si bien agradezco que al esposo no le importe cómo me vea, la realidad es que a mí sí me importa  y tengo que cuidarme más para que YO esté más contenta conmigo misma. "Para la próxima" definitivamente no me tiraré al carbohidrato y la manteca, me cuidaré muchísimo más y trataré de mantenerme activa.

De mi apariencia

Lo que pensaba: Si me embarro todas las cremas "carísimas de París" que me pueda encontrar, no me saldrá ni una estría. Me arreglaré todos los días para verme bonita y me tomaré un estudio fotográfico súper artístico por ahí del octavo mes.

Lo que fue: No ahondaré en el tema de las estrías, sólo les diré que sería varios cientos de dólares menos pobre y me vería igual si le hubiera hecho caso al cínico, pero sincero, médico que me atendía en Tomatito, las estrías son parte del embarazo y dependen mucho de la carga genética de cada mujer. Por lo demás, arreglarse diario para verse como princesa resulta complicado, que no imposible, si lo único que quieres hacer es dormir,vomitar o ir al baño, pero ¿fotos con 35 kilos de más, ojerosa y con la cara hinchadísima? AJA.

Lo que aprendí: Sobre las estrías, sólo tengo tres palabras: genética mata cremita. Si no se han embarazado les garantizo que les dirán de todo, que se compren la crema que cuesta 200 dólares por 10 ml, que se compren el aceite de almendras que cuesta 5 dólares por 10 litros, que coman mucho salmón, que se atasquen de linaza, que le recen a San Chuchito de las Cicatrices etc., etc., etc.; pero yo sólo les recomendaré que vayan a ver a su mamá,  le levanten la blusa (con su permiso, claro) y le vean la panza... ¿no se ha hecho abdominoplastía y su pancita está lisa y perfecta? FELICIDADES, se sacaron la lotería genética (y las envidio). ¿No se ha hecho abdominiplastía y su pancita parece mapa de la hidrografía de México? Abran una cuenta de banco para ir ahorrando para su cirugía o acepten felizmente la piel que su mamita les heredó.  El embarazo no es necesariamente la etapa ideal, maravillosa y de ensueño que muchas veces pensamos, es un proceso difícil para el cuerpo que está ni más ni menos que ¡creando vida! Algunas mujeres son afortunadas, además de que seguramente no se dedican a comer pizza frente a la tele, y logran verse preciosas durante todo el embarazo. Yo definitivamente no fui una de ellas y aunque sí me tomé fotos de perfil cada semana para ir viendo el crecimiento de mi panza, no pude tomarme el estudio que siempre quise porque lo que menos necesito es una foto tamaño poster en mi sala que me recuerde más al hipopótamo de Fantasía que a mí misma.


Del parto

Lo que pensaba: Parto natural, absoluta y completamente NA-TU-RAL. No sólo no quiero epidural, no quiero NADA, pura respiración y concentración, puros masajitos y aromaterapia. De ser posible, quiero un parto acuático en la comodidad de mi hogar.

Lo que fue: Apenas terminé de decir "parto acuático" el esposo dijo "¿qué, somos hippies? ¿acaso estamos en los sesenta? ¿estás loca? ¡sobre mi cadáver!". Ante mi insistencia, dijo "pregúntale a tus papás, que ellos tengan la última palabra"; apenas le terminé de decir a mi papá, alias el Doctor de los Bigotes, "parto acuá..." él dijo "¡¡¡NO!!!" y lo dejé por la paz. Insistí en un parto natural sin nada de medicinas, pero no contaba con la astucia de mi placenta que maduró antes de lo necesario, ni con el líquido amniótico que no era suficiente, y mucho menos con la maldita urticaria que me atacó violentamente. La urticaria del embarazo (Pruritic Urticarial Papules and Plaques of Pregnancy... PUPPP para los cuates) la sufre el 1% de las mujeres embarazadas ¡wiiiiiiii, qué suertuda, soy especiaaaaaaaaal! (inserte sarcasmo) y es lo más molesto y desesperante que me ha pasado; nunca había sentido una comezón tan intensa, las ronchas estaban en todos lados, mis brazos, mis piernas, las palmas de las manos, las plantas de los pies, en la panza ¡adentro del ombligo! Como no me podían dar nada más que cremitas y baños inútiles, me metía a bañar para rascarme a escondidas con un zacate hasta sangrar, lo cual sólo provocaba más comezón. Nomás para que me acompañen en mi dolor les mostraré que me veía más o menos así y además, les mostraré una foto de mi brazo cuando las ronchas APENAS comenzaban:

Desmáyense mil

Mi doctora ya había sugerido una cesárea para finales de diciembre, pero entre placentas maduras, falta de líquido amniótico, ronchas por doquier, náuseas todo el día, una infección urinaria y 35 kilos de más, una semana antes de la fecha programada irrumpí en su consultorio para suplicar piedad "¡sáquenla yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!" y al otro día fue la cesárea.

¿Parto natural en agua? Aja.
Lo que aprendí: Creo que una debe tener el parto que desea, siempre y cuando el papá del bebé, si pinta en el asunto, esté de acuerdo. Si deseamos un papá involucrado hay que dejarlo opinar y participar en las decisiones importantes; sí, el cuerpo embarazado es "de una", pero el cuerpecito adentro es de los dos. El tema de las cesáreas innecesarias es polémico y escabroso, en mi caso, confío plenamente en lo decidido por mi doctora porque además de todo, quien hacía los ultrasonidos que sustentaban su diagnóstico era mi papá, y sé que él apoyaba mi idea de un parto natural y que no dejaría que me sometieran a una cirugía mayor nada más porque sí. Ya tomada la decisión sobre qué parto se desea, hay que informarse y prepararse bien... pero también prepararse mentalmente para la posibilidad de que al final las cosas no salgan como una las desea y no atormentarse demasiado con lo que no fue (algo que, he de confesar, aún a la fecha me cuesta un poco de trabajo). No soy muy fan de la cesárea, no me gustó el proceso en sí, estás medio noqueada, no ves nada, no puedes mover los brazos, y te pierdes de la posibilidad de conocer de inmediato a tu bebé, peeeeeeeero así tuvo que ser, y creo que no hay que perder de vista que es más importante el bienestar del bebé y el tuyo mismo que la realización de cualquier fantasía o deseo. Al final, lo que importa es que el bebé llegue con bien, la maternidad es para siempre, y vendrán muchos momentos hermosos y atesorables.



De la leche (uuuuuuuh, tema escabroso)

Lo que pensaba: Mis bebés serán amamantados EXCLUSIVAMENTE, nada de biberones, nada de fórmula.

Lo que fue: Sí claro, mis amigas me habían dicho que dolía mucho y que podía ser muy difícil, pero yo pensaba "bah, me hará los mandados", claro, hasta que la Frijolita trató de prenderse por primera vez y no nos acomodamos, hasta que descubrí que esa boquita tan chiquita tenía una fuerza increíble, hasta que comenzaron las grietas, la sangre, el dolor, la frustración, las prolactivistas extremas, hasta que se acabó la licencia de maternidad y el tiraleche me lastimó aún más... hasta que terminé por abandonar la lactancia a los TRES meses".

Lo que aprendí: La lactancia es lo mejor para el bebé y su mamá, y es la manera natural de alimentarlo, pero no le "sale" por instinto ni a uno ni al otro, hay que aprender a amamantar y hay que tener paciencia y bastante tolerancia al dolor, por lo menos al principio. No me arrepiento de haber abandonado la lactancia porque sé que en su momento era lo mejor para la Frijolita y para mí (comenzaba a sentir mucho resentimiento cada vez que ella quería comer) y sé que, aunque las extremistas digan lo contrario, no estoy envenenando a mi hija con la fórmula. Le daré una segunda oportunidad a la lactancia, y esta vez espero contar con mucho más apoyo virtual y en vivo para lograr mi objetivo. El tema en definitiva da para uno, dos, diez, cien posts y tengo mis muy personales puntos de vista acerca de la lactancia, las prolactivistas y los fabricantes de fórmula, pero este no es el momento para escribir de ello. Baste decir que algo que pensé que sería muy sencillo terminó por convertirse en el reto más grande que he vivido no sólo como mamá sino como mujer y que aunque con la Frijolita las cosas no salieron bien y decidimos optar por el biberón y la fórmula, espero que todo sea distinto con otro bebé.



TO BE CONTINUED...


Friday, October 15, 2010

La Frijolita VS El Surround System

Hace como tres meses, el esposo quiso satisfacer uno de sus caprichos y se compró un sistema de sonido surround. A mí esas cosas no podrían importarme menos, pero si tener un montón de bocinas por todos lados lo hace feliz, pues venga.

Él estaba emocionado porque si hay algo que nos gusta, es sentarnos a ver películas juntos, y qué bueno que nos gusta, porque después de nacer la Frijolita fue una de las pocas cosas que podíamos hacer. Cuando ella era una recién nacida, no podíamos salir porque yo estaba recién operada (auch, la cesárea), tenía muchos problemas con la lactancia que no me dejaban moverme bien del dolor y sufría del famoso baby blues que me hacía llorar a la menor provocación. Por si fuera poco, apenas y tenía tiempo de bañarme, así que mucho menos podía pasarme horas maquillándome o peinándome y mejor ni les cuento del drama que se suscitaba cuando trataba de vestirme y confirmaba lo que ya sospechaba: que mi cuerpo era una zona de guerra y parecía más una ballena que una mujer. Así que mejor nos quedábamos a ver películas y series en DVD.

Los recién nacidos son la onda, sí claro, te levantan cada dos horas en la noche para comer, los tienes que cambiar a cada ratito y requieren de mucha atención, pero no por muchas horas porque lo único que hacen (además de comer y hacer pipí y popó) es dormir, además de que como no se mueven mucho, se la pasan quietecitos, como tamalitos en donde los tengas, los brazos, la cunita, tu cama... aaaaaah, tan lindos los recién nacidos.

Además, no se dan cuenta de lo que estás viendo en la tele mientras duermen, así que no creo que la Frijolita recuerde que vimos la saga completa de Saw mientras ella estaba acostadita a nuestro lado ni que fue cuando ella era una bebecita que nos clavamos con The Big Bang Theory.

Nuestra deliciosa rutina de ver películas juntos continuó por muchos meses, y se fue modificando de acuerdo al crecimiento de la Frijolita, que dejó de ser un bodoquito inmóvil para convertirse, primero en un molotito que amenazaba con rodarse del sillón, y después en un torbellino que gatea más rápido de lo que yo pudiera haberme imaginado, que quiere agarrar y jalar todo lo que encuentra a su paso, que le jala la cola a Xuni, que se para y se cae todo el día y que en definitiva no conoce, ni le interesa, el concepto de estarse quieta dos horas seguidas (vaya, ni cinco minutos).

El día que el esposo compró su sistema de sonido fue el día que nos dimos cuenta de que había que dejar las películas para cuando ella estuviera dormida y en su cuna (algo que no pasa muy a menudo por periodos de más de una hora), y digamos que lo aprendimos a la mala.

A él se le ocurrió que no había mejor forma de estrenar su juguetito que con una película de guerra porque obviamente los efectos de sonido se escucharían fabulosamente "¡como si estuviéramos ahí!", dijo él, muy emocionado. Yo accedí aunque ODIO las películas de guerra pero pedí que fuera algo "de guerra, pero no tan de guerra" y nos decidimos por Triage (muy buena en mi opinión, por cierto).

Todo iba muy bien, la Frijolita y yo estábamos sentadas en el sillón jugando, ella sin siquiera voltear a la televisión, cuando de repente... 

 ¡POOOOOOOOOOOOOOOOOOOOM!

El esposo tenía razón, la explosión principal de la película se escuchó casi como si estuviéramos ahí... pero claro, nosotros sabíamos que no estábamos "ahí", pero la Frijolita no y pegó semejante grito de terror mientras levantaba sus manitas... sólo le faltó gritar "¡aaaaaaaaah, nos invadeeeeeeen!".

Yo me salí corriendo de la sala hacia el jardín y comencé a distraerla... ella, sin llorar, pero cautelosa, comenzó a voltear para todos lados como diciendo "yo escuché algo ¡aquí pasó algo!", pero al no ver nada sino mi sonrisa tonta de "jiji, perdón" hizo una cara como de "eeeeeeh, jeje, qué oso ¿eda? Lalala, no pasó nada", y ambas fingimos demencia y volvimos a entrar a la casa.

La verdad es que al esposo y a mí nos dio un poquito de risa (oqueeei, mucha), de esa risa nerviosa y culposa porque a la vez nos sentíamos de la patada de haberle provocado tremendo susto a la Frijolita, pero de alguna manera ese incidente fue un despertar para nosotros. Nuestra bebé ya no es nada más un bodoquito que casi no interactúa con su medio y se dedica a dormir y comer, ahora la Frijolita ya es una niña que comienza a estar mucho más al pendiente de su entorno y a recibir todos sus estímulos al por mayor.

Por supuesto, el incidente de la bomba en surround nos llevó a ser mucho más cuidadosos con qué estamos viendo cuando ella está presente y a tratar de mantener el nivel de ruido lo menos intrusivo posible para que no esté con sus sentidos alterados todo el tiempo.

Yo, la que se preguntaba con cierto hartazgo "ay ¿por qué los papás a fuerza tienen en la tele todo el tiempo cosas para niños? Guácala", ahora soy fan de Handy Manny.

¿Y el surround system? Ahí, sirviendo de reproductor de DVD, esperando a que sea de noche para que veamos películas, sin explosiones, y a volumen medio.

Frijolita 1- Surround System 0.

Thursday, July 29, 2010

La tragedia del diente

Yo andaba presumiendo por todos lados, "soy bien alivianada goeeeei", le decía a todos, "yo no soy la típica mamá que al primer estornudo están llamando al pediatra, no, yo no me obsesiono con el color y consistencia de las popós de mi hija ni me altero al menor llanto, yo tengo los pies bien plantados sobre la tierra y sé cuándo hay que preocuparse y cuándo no".

Ajá

Hace unos cuántos sábados, la Frijolita y yo fuimos al Baby Shower de mi amiga la Tica y estaba duro y dale que quería jugar con la pulsera de otra de mis amigas, así que se la prestamos porque ¿qué podía pasar? Al rato ahí andábamos preocupadas sacándole piedritas de la boca que había logrado quitarle a la pulsera -¿cómo? No lo sé- prueba número 546,826 de que a los bebés no se les puede dejar nada. Yo quedé tranquila después de cerciorarnos de que le habíamos quitado a la nena todas las piedrecitas que andaban sueltas y me olvidé del asunto.

Al otro día, estaba arrullando a la Frijolita y se me ocurrió dejarla que me mordisqueara el dedo, pero tuve que retirarlo rápidamente porque me puso un mordidón de aquellos (auch) ya que le estaban saliendo los dos dientecitos de en medio de abajo -o como dirían elegantemente los dentistas, los incisivos centrales- y estaban de lo más filosos.

Se me ocurrió entonces asomarme a ver cómo iban saliendo los dientecillos ya que en general no nos deja verlos bien, y entonces comenzó la tragedia...

Juro que el dientecito de la derecha (su derecha... de ella, no de ustedes, jojo) era como un triangulito y el de la derecha, como debe ser, un rectangulito. Entré en pánico inmediatamente y como flashback de serie televisiva vino a mi mente el recuerdo de la noche anterior y exclamé "¡pooooooor mi culpa se rompió el dienteeeeeeeeeeeeeeeee!" y ya me veía acudiendo a un dentista especialista en niños solicitando la reconstrucción del arruinado diente de leche mientras aguantaba las miradas de desaprobación de él, de el esposo, de mi familia y de la sociedad entera.

"Güeeeeeeeeero, cooooooooooooooome pleaaaaaaaaaaase!!!!" supliqué y en pocos segundos ahí tenía al esposo enfrente de mí con cara de "¿y ahora qué?". Inicié de inmediato mi retahíla: "se le rompió el dieeeeeeeente, miiiiiiiiiiiiiira cómo estáaaaaaaaaa, está rooooooooto por mi cuuuuuulpa, por la pulsera de ayeeeeeeer, no puedo creer que ya le arruiné el diente y eso que todavía ni le sale bieeeeeeeeen, hay que ir al dentiiiiiiiiiiiista, a lo mejor le pueden poner una prótesis o algo, aaaaaaaaaay su dieeeeeeeeeeente".

El esposo no me creyó, y me dijo que simplemente todavía no le salía bien y por eso yo pensaba que estaba roto "no está roto, está a medio salir" me dijo, y me pidió que me olvidara del asunto.

Sí, cómo no.

A partir de ese día pasé semanas obsesionándome con el diente, tratando de verlo a cada rato para saber de una vez por todas si estaba bien o mal. Quise, por supuesto, ir a ver a un dentista, pero el esposo me dijo que no, que no íbamos a pagar $120 dólares nada más para que nos dijeran lo que ya sabíamos: que todo estaba bien y que yo estoy loca.

Algunos días me convencía de que todo estaba bien, pero otros pensaba que, efectivamente, estaba roto. Sin embargo, al final, me convencí de dejar el asunto un poco por la paz hasta que el diente saliera por completo.

Oh-gran- error

Hace más o menos dos semanas viajamos a Vancouver y vimos a una de mis mejores amigas quien no sabía del asunto y de todos modos dijo al ver que le estaban saliendo los dientes "ay, pero uno está como roto ¿no?". Otra vez regresó el pánico a mí y ahora sí no hubo poder del esposo que me convenciera de que no tenía que llevar a la bebé al dentista... cuando regresáramos al Tomatito... en quince días.

Tristemente, el diente no quiso esperar y todo se complicó justo en el momento en el que ya tenía otras complicaciones con las cuales lidiar. Pasé varios días con el esposo en el hospital en Victoria, British Columbia, y justo en ese momento, al diente se le ocurrió primero cubrirse de encía inflamada y luego ponerse NEGRO (junto con la encía, claro).

Yo quería correr al dentista, pero me encontraba en una isla en la que no conocíamos a nadie, con el esposo en el hospital y varias preocupaciones sobre el regreso a Tomatito (¿volver o no volver? ¿pedir permiso en el trabajo para quedarme con el esposo? ¿gastar una fortuna en hotel, renta del coche y cambios de vuelo o irme con la Frijolita?). Al final no me dio tiempo de ver a un dentista y emprendí el largo y cansado camino a casa.

Afortunadamente, mis amigas de aquí ya me tenían nombres y teléfonos de dentistas, y una de ellas muy amablemente me acompañó con un especialista en niños. Regresamos a Tomatito un jueves muy tarde por la noche y vimos al dentista el lunes... parecen ser pocos días, pero con esos bastó para que el diente se pusiera peor, ya no estaba negro, pero ahora sólo quedaba un pequeño pedacito en pie.

La dentista confirmó lo que yo sospechaba: el diente estaba demasiado dañado, estaba roto hasta el nervio y no había forma de salvarlo, tendría que removerlo. No quise esperar más y decidimos que la extracción se efectuara de inmediato.

Yo ODIO ir al dentista, soy miedosa como la que más, no me gusta el ruido que hace la fresa y me atormenta pensar en el dolor que causan los instrumentos que usan en un consultorio, así que la idea de someter a mi hija a un procedimiento dental no me emocionaba en lo absoluto, pero  no me quedaba de otra.

Mi pobre niña.

Sin saber lo que le esperaba, nos sentamos la dentista y yo frente a frente y la acostamos con su cabeza en las piernas de la doctora y sus piernitas en las mías. Primero le pusieron un gel para adormecerla un poco y creo que desde ahí la Frijolita sospechó que algo raro estaba pasando. Cuando le inyectaron la anestesia comenzó el calvario para las dos, yo nunca había escuchado a mi hija llorar de esa manera, con una combinación de dolor con terror... es horrible, es un llanto que se me quedó en la cabeza y que espero nunca tener que volver a escuchar.

El mentado procedimiento tardó bastante más de lo que la dentista esperaba en un principio así que la bebé y yo sufrimos una tortura prolongada. Yo tenía que sostener sus brazos pero comenzaban a resbalarse de mis manos de tanto que yo estaba sudando, de reojo vi su boca y al verla llena de sangre de repente me invadió una sensación de calor terrible y sentía cómo me latía rápido el corazón. Claro, estaba consciente de que "sólo" se trataba de un diente, de que no le estaban haciendo daño y que todo era por su bien, pero aún así, sus lágrimas, sus gritos, su sangre me tenían mareada, nerviosa y hasta asustada.

Cuando todo terminó la abracé fuerte para consolarla y le pedí perdón mil y un veces. Yo no sé de qué color me puse que hasta un jugo me ofrecieron, pero yo no quise nada, lo único que quería era abrazar a mi bebé y pedirle que me perdonara por la negligencia que ocasionó que terminara adolorida y chimuela.

A la Frijolita se le pasó el susto en cinco minutos y volvió a ser la niña preciosa y sonriente de siempre. A mí... todavía no se me pasa, y ese llanto espantoso me taladra la cabeza de vez en vez. Sobre todo, me ha costado mucho trabajo dejar atrás la culpa tan grande que siento de que la nena haya tenido que pasar por eso y de que no vaya a tener ese dientecito sino hasta que le salga el permanente en unos seis años, a pesar de que la dentista me dijo que estas cosas pasan más de lo que uno se imagina.

"¿Alivianada yo goeeeeeei? ¡PARA NADA!"

Que nadie se le acerque a mi hija, que no se meta absolutamente NADA en la boca, que nadie la mire, que nadie la lastime... ¡que alguien la proteja de la tonta de su madre!

Y de ahora en adelante, no importa lo que diga el esposo, pagaremos cuantas veces sea necesario aunque sea para que me digan que todo está bien y que yo estoy loca.