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Wednesday, February 16, 2011

¡Vamos por otro!

Cuando la Frijolita tenía por ahí de dos o tres meses, recuerdo que el esposo me dijo "I can't wait to have another baby" y que un escalofrío de terror me recorrió la espalda... ¿otrooooooooo? "You have to be frigging kidding me!!!", le dije, y se me quedó viendo con total desconcierto porque antes de que naciera la Frijolita ya habíamos discutido que queríamos tener dos hijos.. quizá tres ¿qué me pasaba entonces?

Bueno, pasaba que la cicatriz de la cesárea todavía no sanaba por completo y no podía realizar mis actividades normales que incluyen andar como chango de un lado a otro, pasaba que estaba a nada de botar la lactancia porque no estaba funcionando para ninguna de las dos, pasaba que llevaba meses, desde que estaba embarazada, que no había dormido nada bien, estaba exhausta y adolorida. Con tal estado de ánimo, la idea de un segundo bebé me parecía una locura ¡si apenas podía con la Frijolita! Claro, la felicidad inundaba nuestras vidas como nunca antes, pero a la vez, nos enfrentábamos a la realidad de que un hijo revoluciona tu vida de una manera que no te esperas por mucho que te lo cuenten.

Así que pasé meses pensando que a lo mejor estábamos mejor así, con una hija, además de que, confieso, empezaba a ponerme nerviosa la idea de que el siguiente fuera niño porque ¡no sé nada de niños! Soy una Girlie Girl total y absoluta, a mí pónganme una niña enfrente, de cualquier edad, y soy feliz; vestiditos, holanes, muñecas, cosas rosas y moradas son lo mío. Las niñas son tiernas, bonitas y cariñosas, los niños... no sé.

Pongamos como ejemplo al hijastro, pobre del hijastro, que la primera vez que se quedó solo conmigo por unas horas terminó jugando con mis collares y aretes ante mi total ineptitud de idear un juego más "varonil". Los niños, de acuerdo a mi nula experiencia, son flatulencias, raspones, pistolitas de juguete, agresividad, desorden y desobediencia. ¿Yo tener uno? Uuuuhhhhmmmm, no.

Pero el tiempo ha ido pasando y la Frijolita crece más y más. Su carita de bebé se va transformando en la carita de una niña, ya camina sin ayuda por el súper y comienza a hablar. Algo raro, muy raro comenzó a pasar al tiempo que mi Frijolita se ha ido despegando de la etiqueta de "baby" para entrar en la de "toddler", algo que, estoy segura, es una conspiración de la naturaleza.

De repente, me dieron ganas de tener otro bebé en mi vida; otro bodoquito con los puñitos y los ojos cerrados, que solo duerme, come y hace pipí y popó, una personita chiquita chiquita que casi no pesa (ahora me cuesta imaginar la época en que la Frijolita era así de pequeña), otra carita arrugada con una boquita sin dientes.

A la vez, nos entró la convicción de que podemos hacer esto otra vez ¡y mejor! Sí claro, porque esta vez ya sé a lo que voy, ya sé cómo cambiar pañales, bañar recién nacidos, cortar uñitas y dar de comer. Ya soy una experta. También sé cuáles son los errores más fáciles de cometer y conozco bien las cosas que me hubiera gustado hacer mejor.

Pero el último factor que me hizo decidirme por tener otro hijo fue la "amnesia cortesía de Mamá Naturaleza". Ya me lo había dicho una amiga... todo se te olvida, de repente, un día ya no te acuerdas de los meses que pasaste vaciando las entrañas por todos lados gracias a las náuseas, ni de las noches parándote cada hora para ir al baño, ni de los tantos dolores que a veces nos aquejan en el embarazo, ni te acuerdas del dolor indescriptible del parto o la cesárea... y ahí vas otra vez.

Bueno, decir que se nos olvida es una exageración, claro que recordamos los hechos, pero las sensaciones son casi imposibles de revivir, así que, por lo menos en mi caso, aunque me acuerdo bien que a partir del sexto mes no podía caminar bien porque mi pierna izquierda no estaba soportando bien el peso, y recuerdo que al día siguiente de la cesárea, cuando me quitaron por completo la anestesia, quería pedir a gritos que alguien tuviera piedad de mí y me diera un tiro, y también recuerdo el dolor durante la lactancia, los pezones sangrantes y agrietados, los pechos hinchados y adoloridos que no toleraban ni el roce del agua en la regadera, la verdad es que "no me acuerdo bien" cómo dolía y una parte de mí dice "meeeeh, si sobreviví esa ocasión, sobrevivo esta". Ese es, según una amiga mía diría, el truco de Mamá Naturaleza, que todo el dolor y todas las molestias se quedan en tu mente como un recuerdo más y un buen día queda tan atrás que dices "yo puedo hacer esto otra vez".

¿Acaso entonces la decisión de tener otro hijo está influenciada en parte por esa sensación que nos invade como padres de estar mejor preparados y de poder mejorar, de esa "amnesia" que nos convence de que no estuvo todo tan mal la primera vez y de esa nostalgia que surge al ver crecer a los hijos? Puede ser.

Sea como sea, llegó el momento en que la idea de otro bebé, en lugar de aterrorizarme, me llenaba de emoción y comenzó la labor de buscar un segundo embarazo.

Para mi enorme sorpresa -y para orgullo del esposo- éste llegó mucho más rápido de lo que yo pensaba y ahora, nos preparamos para recibir nuestro segundo torbellino, nuestro Borreguito (nos gustan los borreguitos, cosa de familia). A ver si es cierto que estamos listos para todo, ya les contaré.

Friday, June 25, 2010

Toy Story 3



Una de las desventajas de vivir en un pueblito bicicletero canadiense es que para ir a un cine, ya no IMAX de tercera dimensión, sino un cine decente, "como Dios manda", hay que manejar una hora hasta la "gran ciudad", una hora en medio de la nada, en una carretera recta recta y aburrida aburrida que ocho meses al año está pelona o llena de nieve (los otros cuatro meses sí se ve bonita, con los árboles enormes y verdes o dorados, según la estación... peeeero sigue siendo aburrida). Cuando uno tiene un bebé, esos viajes se reservan para cuando hay "muchas cosas qué hacer", como ir de compras, comer en un restaurante más o menos bueno, o para las nunca suficientes "adult nights" pero nunca exclusivamente para ir al cine y mucho menos con una bebé que seguramente estallará en llanto del aburrimiento en media hora, ocasionando la molestia del resto del público y nuestra salida vergonzosa del lugar.

Como no teníamos ningún pendiente importante en la gran ciudad y contratar a una niñera para ir a ver una película para niños en noche de adultos me ganaría los vituperios de mi marido, ya me había hecho a la idea de que no vería en el cine Toy Story 3, lo cual me ocasionaba rabietas internas dignas de la Frijolita con puchero incluido ("¡pero yo la quiero ver, mjjjj, mjjjj!") porque TODO mundo la iba a ver menos yo.

Pero no contaban con mi astucia.

El sábado pasado hicimos una fiesta en la casa con motivo del día del padre, y además, tocó visita de mi hijastro, el Maple Timbit, que la mayor parte de las veces es un dolor de cabeza, pero que últimamente ha mejorado su conducta. En un momento de iluminación me dije "¡este niño ha llegado a mi vida con el propósito de que yo pueda ver Toy Story 3!" (sí, así soy de exagerada) y muy feliz inicié esta conversación (después de haber checado la cartelera del "cine" del pueblo):

G- Gordo, el niño se ve aburrido, y falta mucho para la fiesta, él y yo no estamos haciendo nada ¿qué hacer, qué hacer?... Mmmmmm ¡ya sé! ¿Y si me lo llevo al mini cinito del pueblo? A lo mejor hay alguna película interesante, qué se yo... una caricatura.
MP- Pues, no creo que haya nada en ese "cine", pero si quieres chequemos la cartelera.

Tres segundos después:

G- ¡Ya la chequé!
MP- ¿Tan rápido?
G- Oh, jojo, sí, ay es que se me da esto del Internet, aja, pues tienen Toy Story en dos horas, seguro el Timbit MUERE por verla.
T- Pues no ¿eh? Creo que prefiero quedarme con papi.
G- (en voz baja, pateando ligeramente al Timbit) Cállate niño, y te compro un dulce.
T- ¡SI QUIERO VER TOY STORY 3!

¡Muajajaaaaaaaaaaaaaaaaa!

El plan, debo confesar, incluía dejar a la Frijolita que "para que no se aburriera" aunque obviamente más bien pretendía ahorrarme cualquier escena de llanto o accidente en el pañal que me obligara a perderme un minuto de tal acontecimiento cinematográfico. Pero no pegó, así que me llevé a mis dos chaparrines al cine.

Una de las ventajas de vivir en un pueblo bicicletero canadiense es que el cine es pequeño y chafita, pero cuesta la mitad, así que por 20 dólares entramos al cine el Timbit, la Frijolita y yo y compramos palomitas, refrescos y, claro, el dulce prometido.

Lo único que no contemplé es que el Timbit pensara que la película iba a estar en 3D, así que me sentí un poco mal cuando preguntó cuándo nos daban los lentes, pero pronto se le pasó. La que me preocupaba era la Frijolita, que estaba muy inquieta y lloriqueando un poco, ya veía venir el desastre aunque me tranquilizaba que en la sala, a medio llenar (y eso que son como cincuenta lugares) hubiera varios bebés.

Pero en eso que comienza la película y como por arte de magia la Frijolita se calló. Durante toda la película se portó bien, comió un poco, durmió un rato y el resto la pasó en mi regazo jugando con mi cabello, mirándome y de vez en cuando mirando la pantalla. Eso me dio la oportunidad de disfrutar la película que, ajem, se supone fui a ver para entretener al Timbit, pero que en realidad moría por ver por razones simple y llanamente egoistas (y qué).

El Timbit fue muy feliz y hasta nos tomamos de la mano en la parte más emotiva de la película; no lloramos, pero aaaaaaaah qué conmovedor fue todo. Al final, cuando encendieron las luces, la mamá de adelante, que llevaba dos niños, me dijo "eres muy suertuda, tu bebé no dio nada de lata, estuvo calladita y tranquila, no creas que todos son así ¿eh? Para nada, tu niña es especial".

Ese fue el mejor momento de mi tarde.

Así que me salí con la mía, fui a ver una película que me encantó con mis dos niños, me divertí con ellos, me los chulearon y al final regresamos a casa a ver a papá, a quien festejamos con una deliciosa parrillada en compañía de nuestros amigos más cercanos.

Si aún no han visto Toy Story 3, corran a verla, no importa si no es en 3D, créanme, la van a disfrutar mucho.