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Tuesday, March 15, 2011

La primera enfermedad de la Frijolita

Antes que nada, quiero agradecer todos los amables comentarios que he recibido acerca del blog ¡ya siento que los amo a todos! Aunque a veces no los pueda responder, los leo y agradezco todos.

Bien, ahora, al grano.

Resulta que la Frijolita ya entró al Daycare (a la guardería, pues). Ya me habían advertido que se me iba a enfermar y que no volvería a ver su carita libre de mocos de aquí a que entrara a la Universidad, pero por alguna razón, minimicé los comentarios... debe ser esa tendencia mí a pensar que "a mí no me va a pasar".

Aja.

Todo empezó el sábado después de su clase de natación cuando íbamos rumbo a casa de su tía. En un primer momento, el esposo dijo que el violento vómito que tapizó la parte trasera del coche se debía a que "seguramente" la Frijolita había tragado agua de la alberca (claro, como la que se mete con ella soy yo y la dejo deglutir agua con cloro y salada a su antojo, pffff). Más tarde, cuando no dejaba de parecer la doble de la niña de El Exorcista, al esposo se le ocurrió que a lo mejor no era el agua de la alberca sino algo más.

Y así, con la duda, se fue a trabajar mientras yo me quedé a cuidar de la pobre chamaca que no dejaba de verme con ojitos de "¿por qué me pasa esto, mami?". Sobra decir que el día no estuvo nada divertido, y me pregunto si mi cuñada alguna vez volverá a invitarme a su casa luego de que la Frijolita tapizó toda su alfombra blanca de puré de manzana con frambuesa (tip: nunca le den a un niño vomitón comida de colores estrafalarios).

Omitiré más detalles gráficos sobre mi fin de semana y toda la semana siguiente, pero baste decir que jamás había cambiado tantos pañales en un solo día y que la casa era una zona de desastre llena de montañas de ropa por lavar de manera urgente; que nos quedamos sin edredones y que terminé lavando como pude mi pobre colchón.


Los primeros días nos dedicamos a observar e hidratar. Como estuve sola y sin coche durante el fin de semana, me las tuve que idear para preparar suero casero y atole de harina de arroz (en un país en el que de todos modos no venden harina de arroz más que en las tiendas mexicanas). Gracias a Dios existen los abuelos, y para suerte de la Frijolita, los suyos son, además de preocupones, médicos, así que tuve un muy buen coacheo por Skype sobre cómo mantenerla lo mejor posible en espera de que se recuperara sin necesidad de medicamento.


Ya para el cuarto día nos fuimos al doctor, que nos dijo, como ya sabíamos, que se trataba de un bug que andaba suelto y pegándole muy duro a todo mundo. Nos recomendó Kaopectate y muchos líquidos, además de que nos felicitó porque la veía muy bien hidratada.


Como la nena no mejoraba, sino todo lo contrario, dos días después corrimos a Urgencias, donde nos volvieron a decir lo mismo, y nos sugirieron esperar unos días más antes de iniciar un antibiótico para permitir que las defensas de la Frijolita actuaran por sí mismas. Nuevamente, nos felicitaron por lo bien hidratada que estaba.


Lo de la hidratación es paranoia mía. Yo viví de niña la epidemia de cólera en México y no se me olvidan los anuncios en la tele sobre el Vida Suero Oral y los síntomas y peligros de la deshidratación; es más, hasta me acuerdo de un comercial de caricatura donde Cantinflas explicaba a detalle cómo preparar el suero y cuándo ir al hospital, al final decía "¿ya ve? ¡Salvó la vida de su hijo!". Por alguna razón todo esto se me quedó muy grabado en la mente, así que durante los días que la Frijolita estuvo enferma, no dejé de repetirme que tenía que darle suficientes líquidos y suero (no se preocupen, el casero solo se lo di el primer día, después compré Pedialyte). 


Fueron días muy pesados y muy cansados, no podíamos dormir porque teníamos que cambiar pañales toda la noche y durante el día había que estar alertas al estado de la bebé. Lo más difícil de todo era verla tan apagada, con los ojitos tristes, sin moverse, jugar ni sonreir... no era la misma niña de siempre y a mí me partía el corazón verla así.


Es difícil ser paciente cuando un hijo está enfermo, quieres que se recuperen ya, Ya, YA, YAAAA, y no sabes cómo, quieres hacerlos sentir mejor, y no sabes cómo. Dan ganas de ir al doctor y que te den una "fórmula mágica" para curarlos de inmediato, pero yo sé que las cosas no funcionan así. Es difícil entender que estas cosas pasan, que es normal que al entrar en contacto con otros niños y otros lugares pesquen bichos e infecciones y que al final es "bueno" porque su sistema inmunológico se fortalece. Es difícil también esperar a que el asunto se resuelva por sí solo sin usar antibióticos, sé que habrá quien nos critique, pero yo sé que lo mejor es no dejar que la niña comience a generar resistencia a los antibióticos desde ahora y permitir que su sistema se encargue de infecciones como la que pasó. Ver claramente a mediano y largo plazo es difícil cuando tu pequeño no la está pasando bien, pero es parte de nuestra labor como padres saber tomar las mejores decisiones para ellos. La sugerencia del médico fue aceptada por nosotras y vista con muy buenos ojos profesionales de mis papás, así que me quedé más tranquila.


Al final, y poquito a poco, la infección cedió y todo volvió a la normalidad. Tomó su tiempo, la Frijolita quedó algo irascible y muy necesitada de atención y apapachos por casi una semana más; además, se despertaba por las noches, más seguido de lo normal, gritando y llorando quién sabe por qué (no tenía hambre, no estaba sucio su pañal, estaba ahí juntito a nosotros).


Todo esto, obviamente, tuvo consecuencias en nosotros, estábamos cansados, y si bien no de mal humor, tampoco muy festivos que digamos, pero sobre todo, preocupados y esperando a que nuestra Frijolita se recuperara y volviera a ser la misma de antes. 


Un par de semanas sin duda difíciles, pero sobrevivimos (yeeeeeeeei) y la Frijolita ha vuelto a ser la niña alegre y locochona de antes... cuánto la extrañamos. 

Tuesday, November 23, 2010

¿Lo estamos haciendo todo mal?

Yo no sé si todos los papás tengan días así, pero para mí, hoy es uno de esos días en los que me pregunto si absolutamente todo lo que estamos haciendo está mal. Como siempre, nuestro gran problema con la Frijolita es su forma de dormir.

Las cosas han mejorado muchísimo desde que decidimos, hace como tres meses, que durmiera con nosotros, el colecho o co-sleeping fue una decisión que tomamos en un momento en el que yo, que soy la que se encarga de manera exclusiva de la bebé durante las noches, no podía más. Por algunos lados, especialmente por parte de la familia del Maple Pie, he recibido muchas críticas, que si el colecho no nos va a traer más que problemas después, que si estoy fomentando un apego nada sano de la Frijolita hacia nosotros, que si mi vida en pareja se va a ir por el caño... yo nada más quiero decir esto: antes de decidirnos por el colecho, durante OCHO meses seguimos al pie de la letra las "instrucciones" para que la bebé durmiera de corrido toda la noche. Me apegué estrictamente a una rutina nocturna que iba más o menos así y comenzaba a las 7.30 pm: leche- baño- masaje- cuento y canción de cuna en la mecedora- más leche- besito de buenas noches- cuna y todas y cada una de las noches la Frijolita dormía por únicamente dos horas y entonces comenzaba el resto de mi noche que iba así hasta las 7.30 am: escuchar el llanto de la bebé - ir hacia su cuna- sentarme con ella en la mecedora- darle leche- arrullarla- ponerla de nuevo en su cuna- irme a acostar- tratar de conciliar el sueño- quedarme dormida por una o dos horas (máximo)- escuchar el llanto de la bebé. Repitan eso una y otra y otra vez durante ocho meses y el resultado final es una mujer muy cansada, muy frustrada y muy, MUY, iracunda.

Por ahí del séptimo mes nos dimos cuenta de que la situación era insostenible cuando el esposo comenzó a percatarse de que cada vez me levantaba más enojada y de que me estaba empezando a jalar el cabello y a pegarme en la cabeza con la palma de la mano cuando arrullaba a la bebé en la mecedora en mi desesperación porque se durmiera. Una noche escuchó que le levanté la voz a la bebé diciéndole "¿qué quiereeeeeeeees?" y entonces corrió a su cuarto, la tomó de mis brazos y me pidió, muy tranquilamente, que me fuera a acostar con la promesa de que él se encargaría de ella. Yo obedecí pero pasé el resto de la madrugada -que no era mucho porque eran como las 4 AM- llorando no sólo porque me sentía culpable de haberle gritado a mi nena sino porque sentía muy muy claro dentro de mí que ya había llegado a mi límite.

Pero lo que hacía más complicados mis días y mis noches era el bombardeo de información por todos lados, en Internet leía una cosa, mi mamá me decía otra, mis amigas otra, mis suegros otra más... era todo muy confuso y muy frustrante. Sobre todo, me frustraba escuchar las historias de otros papás y sus bebés maravillosos que dormían 8, 10, 12, 14 horas seguidas sin moverse siquiera desde los tres meses.

La pregunta que más me hacía era "¿qué estamos haciendo mal?". No entendía lo que pasaba si estaba siguiendo al pie de la letra las instrucciones de los libros y sitios sobre bebés de mejor reputación. Fue justo en uno de esos sitios que me encontré con la explicación sobre el método Ferber o Cry Out y decidimos intentarlo.

Ya he comentado en este post (click, click, click) cómo nos fue con el método Ferber y conté por qué decidimos intentar la estrategia totalmente opuesta este este post , así que en esta ocasión me saltaré hasta el momento en el que decidimos que la única solución era intentar el colecho.

Creo que lo que nos hizo decidirnos a intentar el colecho fueron algunas cosas que leí en The No-Cry Sleep Solution: Gentle Ways to Help Your Baby Sleep Through the Night de Elizabeth Pantley, varias pláticas largas con mi mamá y un par de correos muy útiles y que me salvaron de la locura por parte de mi lectora Sara (¡hola Saraaaaaaaa!). En definitiva  no me arrepiento, aunque dormir con mi bebé era una de esas cosas que yo decía que "nunca" iba a hacer y tuve que tragarme mis palabras; por fin pude dormir un poco mejor y, la mera verdad, no hay nada más lindo que dormir con ese pedacito de cielo cerca de mí.

Además, en Twitter he encontrado a muchas mamás pro- colecho que refuerzan mi convencimiento de que no sólo no se trata de algo "malo" sino que provee muchas ventajas y es una estrategia del método de crianza con apego, del que algún día les platicaré.

Peeeeeeeero (oh sí, hay un pero) la realidad, la tristísima realidad, es que la Frijolita se sigue despertando cada dos horas, o a veces cada hora, TODAS las noches; el único cambio, sustancial y vital creo yo, es que ahora en lugar de pararme de mi cama cinco o más veces para volverla a dormir, sólo me volteo, le doy leche y nos volvemos a dormir. Esa situación está, créanmelo, MUY lejos de ser ideal, porque el sueño de los tres se sigue interrumpiendo y seguimos un tanto frustrados y desesperados.

Antes de que me regañen las mamás prolactivistas, que admiro y aprecio mucho, echándole la culpa al biberón de todos los males que me acechan y diciéndome que la fórmula y el veneno para ratas son la misma cosa, déjenme nada más decirles que no, este post no se trata de lactancia, ya luego nos echamos ese round, por ahora ya no tiene caso volver al punto de si hice mal o no en abandonar la lactancia (pero por cierto, yo creo que en su momento hice lo correcto para NOSOTROS y mis chichis sangrantes y agrietadas). Ya, el hecho es que la Frijolita toma fórmula en biberón y ya ni cómo cambiar esa situación a estas alturas (¿o habrá alguien que me salga con que sí se puede relactar después de ocho meses?).

Lo que en realidad me encantaría saber es qué hacer para que la Frijolita duerma de corrido sin tener que tomar DOCE onzas de leche durante la noche (socorro). Vuelvo a lo mismo ¿qué estamos haciendo mal? Su rutina nocturna es casi la misma con la enorme diferencia de que ahora en lugar de ponerla en su cuna la pongo en nuestra cama, come MUY bien, está sana (el doctor descartó cualquier problema y me dijo el temidísimo "todos los niños son diferentes, algunos regulan su sueño hasta después de los tres años"). ¿Qué está pasando?

¿Será verdad? ¿Será que va a dormir de corrido hasta después de los tres años y entonces me esperan dos años y un mes más de tortura? ¿Me va a pasar como a Sara, que tuvo otro bebé y el bebé empezó a dormir toda la noche antes que su hermano mayor?

¿Habrá esperanza para nosotros? ¿Qué estamos haciendo mal?

Friday, October 29, 2010

Lo que quería y lo que fue

Antes de embarazarme tenía muchas ideas sobre qué tipo de mamá quería ser, cómo quería vivir mi embarazo, qué tipo de parto quería tener y cómo quería criar a mis hijos. Creía poseer la suficiente información para tener una claridad absoluta sobre cómo hacer las cosas y pensaba que estaba preparada para hacer que todo fuera como yo lo había deseado.

Pero si algo nos enseñan los embarazos y los hijos es que puedes tomar tus ideas, deseos y propósitos y tirarlos por la ventana porque muy pronto descubres que la maternidad no es como la imaginabas ni como la planeabas sino es... como es. Aprendes que a veces no hay tiempo ni posibilidades para que todo salga como esperas y aprendes que la personita que traes al mundo tiene una personalidad propia y por tanto necesidades y gustos que pueden diferir de lo que tenías en mente antes de conocerla. Y claro, también aprendes que tu propia voluntad no es tan de acero como pensabas y que tu cuerpo no responde necesariamente de la forma en que quieres que lo haga.

Por pura diversión, aquí les va la primera parte de mi comparativo de lo que yo pensaba que sería contra lo que terminó siendo y lo que aprendí en el proceso:

Advertencia: Como siempre, mis posts son ante todo descriptivos de mi loca vida. No soy experta en NADA -vamos, ni en ser yo- pero así me tocó vivir y algo he de haber aprendido en el camino. Espero que se rían y hasta que me compadezcan, pero no tomen a mal mis vivencias o mi forma de pensar.

Del peso

Lo que pensaba: Me voy a cuidar muchísimo, no voy a subir de peso más que lo  necesario, haré yoga y ejercicio todo el tiempo y recuperaré mi figura de inmediato.

Lo que fue: ¡JA JA JA y más JA! ¿Por dónde empezar? Pasé los primeros tres meses vomitando todo lo que comía, quedándome dormida en TODOS lados y sintiéndome lo más cansada que me he sentido en toda la vida, así que para el cuarto mes me dije "merezco un descanso, he pasado todos mis veinte haciendo ejercicio y cuidando absolutamente todo lo que como, así que me daré todos los gustos que me he negado estos años durante unas cuantas semanas"... que se volvieron siete meses. Creo que me desquité de todas las dietas y horas en el gimnasio a las que tuve sometido a mi pobre cuerpo y me fui al otro extremo del espectro. Oh sí, me quité mis pantalones talla 2 (ok, 4, ash), mis tacones altísimos, me puse un batolongo y unas chanclas y me puse a tragar Cheetos y pizza enfrente de la tele (eso sí, nada de Coca jaja). Corte a: "oooops Galle, subiste 35 kilos" Sí ¡TREINTA Y CINCO! Oink.

Lo que aprendí: No tengo pretexto, me tiré vilmente a la gula a sabiendas de que no era lo mejor ni para mí ni para mi bebé. No puedo decir que "no sabía" porque había leído mucho de nutrición, pero simple y sencillamente tomé el camino más fácil porque tenía hambre y sueño y no quería hacer nada. La enseñanza más grande que me quedó de esta experiencia es que es facilísimo subir 35 kilos, pero no es NADA fácil bajarlos, me ha tomado casi un año bajar 28 de los 35 kilos que subí y no he recuperado ni en un 40% la condición física que tenía. Si bien agradezco que al esposo no le importe cómo me vea, la realidad es que a mí sí me importa  y tengo que cuidarme más para que YO esté más contenta conmigo misma. "Para la próxima" definitivamente no me tiraré al carbohidrato y la manteca, me cuidaré muchísimo más y trataré de mantenerme activa.

De mi apariencia

Lo que pensaba: Si me embarro todas las cremas "carísimas de París" que me pueda encontrar, no me saldrá ni una estría. Me arreglaré todos los días para verme bonita y me tomaré un estudio fotográfico súper artístico por ahí del octavo mes.

Lo que fue: No ahondaré en el tema de las estrías, sólo les diré que sería varios cientos de dólares menos pobre y me vería igual si le hubiera hecho caso al cínico, pero sincero, médico que me atendía en Tomatito, las estrías son parte del embarazo y dependen mucho de la carga genética de cada mujer. Por lo demás, arreglarse diario para verse como princesa resulta complicado, que no imposible, si lo único que quieres hacer es dormir,vomitar o ir al baño, pero ¿fotos con 35 kilos de más, ojerosa y con la cara hinchadísima? AJA.

Lo que aprendí: Sobre las estrías, sólo tengo tres palabras: genética mata cremita. Si no se han embarazado les garantizo que les dirán de todo, que se compren la crema que cuesta 200 dólares por 10 ml, que se compren el aceite de almendras que cuesta 5 dólares por 10 litros, que coman mucho salmón, que se atasquen de linaza, que le recen a San Chuchito de las Cicatrices etc., etc., etc.; pero yo sólo les recomendaré que vayan a ver a su mamá,  le levanten la blusa (con su permiso, claro) y le vean la panza... ¿no se ha hecho abdominoplastía y su pancita está lisa y perfecta? FELICIDADES, se sacaron la lotería genética (y las envidio). ¿No se ha hecho abdominiplastía y su pancita parece mapa de la hidrografía de México? Abran una cuenta de banco para ir ahorrando para su cirugía o acepten felizmente la piel que su mamita les heredó.  El embarazo no es necesariamente la etapa ideal, maravillosa y de ensueño que muchas veces pensamos, es un proceso difícil para el cuerpo que está ni más ni menos que ¡creando vida! Algunas mujeres son afortunadas, además de que seguramente no se dedican a comer pizza frente a la tele, y logran verse preciosas durante todo el embarazo. Yo definitivamente no fui una de ellas y aunque sí me tomé fotos de perfil cada semana para ir viendo el crecimiento de mi panza, no pude tomarme el estudio que siempre quise porque lo que menos necesito es una foto tamaño poster en mi sala que me recuerde más al hipopótamo de Fantasía que a mí misma.


Del parto

Lo que pensaba: Parto natural, absoluta y completamente NA-TU-RAL. No sólo no quiero epidural, no quiero NADA, pura respiración y concentración, puros masajitos y aromaterapia. De ser posible, quiero un parto acuático en la comodidad de mi hogar.

Lo que fue: Apenas terminé de decir "parto acuático" el esposo dijo "¿qué, somos hippies? ¿acaso estamos en los sesenta? ¿estás loca? ¡sobre mi cadáver!". Ante mi insistencia, dijo "pregúntale a tus papás, que ellos tengan la última palabra"; apenas le terminé de decir a mi papá, alias el Doctor de los Bigotes, "parto acuá..." él dijo "¡¡¡NO!!!" y lo dejé por la paz. Insistí en un parto natural sin nada de medicinas, pero no contaba con la astucia de mi placenta que maduró antes de lo necesario, ni con el líquido amniótico que no era suficiente, y mucho menos con la maldita urticaria que me atacó violentamente. La urticaria del embarazo (Pruritic Urticarial Papules and Plaques of Pregnancy... PUPPP para los cuates) la sufre el 1% de las mujeres embarazadas ¡wiiiiiiii, qué suertuda, soy especiaaaaaaaaal! (inserte sarcasmo) y es lo más molesto y desesperante que me ha pasado; nunca había sentido una comezón tan intensa, las ronchas estaban en todos lados, mis brazos, mis piernas, las palmas de las manos, las plantas de los pies, en la panza ¡adentro del ombligo! Como no me podían dar nada más que cremitas y baños inútiles, me metía a bañar para rascarme a escondidas con un zacate hasta sangrar, lo cual sólo provocaba más comezón. Nomás para que me acompañen en mi dolor les mostraré que me veía más o menos así y además, les mostraré una foto de mi brazo cuando las ronchas APENAS comenzaban:

Desmáyense mil

Mi doctora ya había sugerido una cesárea para finales de diciembre, pero entre placentas maduras, falta de líquido amniótico, ronchas por doquier, náuseas todo el día, una infección urinaria y 35 kilos de más, una semana antes de la fecha programada irrumpí en su consultorio para suplicar piedad "¡sáquenla yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!" y al otro día fue la cesárea.

¿Parto natural en agua? Aja.
Lo que aprendí: Creo que una debe tener el parto que desea, siempre y cuando el papá del bebé, si pinta en el asunto, esté de acuerdo. Si deseamos un papá involucrado hay que dejarlo opinar y participar en las decisiones importantes; sí, el cuerpo embarazado es "de una", pero el cuerpecito adentro es de los dos. El tema de las cesáreas innecesarias es polémico y escabroso, en mi caso, confío plenamente en lo decidido por mi doctora porque además de todo, quien hacía los ultrasonidos que sustentaban su diagnóstico era mi papá, y sé que él apoyaba mi idea de un parto natural y que no dejaría que me sometieran a una cirugía mayor nada más porque sí. Ya tomada la decisión sobre qué parto se desea, hay que informarse y prepararse bien... pero también prepararse mentalmente para la posibilidad de que al final las cosas no salgan como una las desea y no atormentarse demasiado con lo que no fue (algo que, he de confesar, aún a la fecha me cuesta un poco de trabajo). No soy muy fan de la cesárea, no me gustó el proceso en sí, estás medio noqueada, no ves nada, no puedes mover los brazos, y te pierdes de la posibilidad de conocer de inmediato a tu bebé, peeeeeeeero así tuvo que ser, y creo que no hay que perder de vista que es más importante el bienestar del bebé y el tuyo mismo que la realización de cualquier fantasía o deseo. Al final, lo que importa es que el bebé llegue con bien, la maternidad es para siempre, y vendrán muchos momentos hermosos y atesorables.



De la leche (uuuuuuuh, tema escabroso)

Lo que pensaba: Mis bebés serán amamantados EXCLUSIVAMENTE, nada de biberones, nada de fórmula.

Lo que fue: Sí claro, mis amigas me habían dicho que dolía mucho y que podía ser muy difícil, pero yo pensaba "bah, me hará los mandados", claro, hasta que la Frijolita trató de prenderse por primera vez y no nos acomodamos, hasta que descubrí que esa boquita tan chiquita tenía una fuerza increíble, hasta que comenzaron las grietas, la sangre, el dolor, la frustración, las prolactivistas extremas, hasta que se acabó la licencia de maternidad y el tiraleche me lastimó aún más... hasta que terminé por abandonar la lactancia a los TRES meses".

Lo que aprendí: La lactancia es lo mejor para el bebé y su mamá, y es la manera natural de alimentarlo, pero no le "sale" por instinto ni a uno ni al otro, hay que aprender a amamantar y hay que tener paciencia y bastante tolerancia al dolor, por lo menos al principio. No me arrepiento de haber abandonado la lactancia porque sé que en su momento era lo mejor para la Frijolita y para mí (comenzaba a sentir mucho resentimiento cada vez que ella quería comer) y sé que, aunque las extremistas digan lo contrario, no estoy envenenando a mi hija con la fórmula. Le daré una segunda oportunidad a la lactancia, y esta vez espero contar con mucho más apoyo virtual y en vivo para lograr mi objetivo. El tema en definitiva da para uno, dos, diez, cien posts y tengo mis muy personales puntos de vista acerca de la lactancia, las prolactivistas y los fabricantes de fórmula, pero este no es el momento para escribir de ello. Baste decir que algo que pensé que sería muy sencillo terminó por convertirse en el reto más grande que he vivido no sólo como mamá sino como mujer y que aunque con la Frijolita las cosas no salieron bien y decidimos optar por el biberón y la fórmula, espero que todo sea distinto con otro bebé.



TO BE CONTINUED...


Friday, October 15, 2010

La Frijolita VS El Surround System

Hace como tres meses, el esposo quiso satisfacer uno de sus caprichos y se compró un sistema de sonido surround. A mí esas cosas no podrían importarme menos, pero si tener un montón de bocinas por todos lados lo hace feliz, pues venga.

Él estaba emocionado porque si hay algo que nos gusta, es sentarnos a ver películas juntos, y qué bueno que nos gusta, porque después de nacer la Frijolita fue una de las pocas cosas que podíamos hacer. Cuando ella era una recién nacida, no podíamos salir porque yo estaba recién operada (auch, la cesárea), tenía muchos problemas con la lactancia que no me dejaban moverme bien del dolor y sufría del famoso baby blues que me hacía llorar a la menor provocación. Por si fuera poco, apenas y tenía tiempo de bañarme, así que mucho menos podía pasarme horas maquillándome o peinándome y mejor ni les cuento del drama que se suscitaba cuando trataba de vestirme y confirmaba lo que ya sospechaba: que mi cuerpo era una zona de guerra y parecía más una ballena que una mujer. Así que mejor nos quedábamos a ver películas y series en DVD.

Los recién nacidos son la onda, sí claro, te levantan cada dos horas en la noche para comer, los tienes que cambiar a cada ratito y requieren de mucha atención, pero no por muchas horas porque lo único que hacen (además de comer y hacer pipí y popó) es dormir, además de que como no se mueven mucho, se la pasan quietecitos, como tamalitos en donde los tengas, los brazos, la cunita, tu cama... aaaaaah, tan lindos los recién nacidos.

Además, no se dan cuenta de lo que estás viendo en la tele mientras duermen, así que no creo que la Frijolita recuerde que vimos la saga completa de Saw mientras ella estaba acostadita a nuestro lado ni que fue cuando ella era una bebecita que nos clavamos con The Big Bang Theory.

Nuestra deliciosa rutina de ver películas juntos continuó por muchos meses, y se fue modificando de acuerdo al crecimiento de la Frijolita, que dejó de ser un bodoquito inmóvil para convertirse, primero en un molotito que amenazaba con rodarse del sillón, y después en un torbellino que gatea más rápido de lo que yo pudiera haberme imaginado, que quiere agarrar y jalar todo lo que encuentra a su paso, que le jala la cola a Xuni, que se para y se cae todo el día y que en definitiva no conoce, ni le interesa, el concepto de estarse quieta dos horas seguidas (vaya, ni cinco minutos).

El día que el esposo compró su sistema de sonido fue el día que nos dimos cuenta de que había que dejar las películas para cuando ella estuviera dormida y en su cuna (algo que no pasa muy a menudo por periodos de más de una hora), y digamos que lo aprendimos a la mala.

A él se le ocurrió que no había mejor forma de estrenar su juguetito que con una película de guerra porque obviamente los efectos de sonido se escucharían fabulosamente "¡como si estuviéramos ahí!", dijo él, muy emocionado. Yo accedí aunque ODIO las películas de guerra pero pedí que fuera algo "de guerra, pero no tan de guerra" y nos decidimos por Triage (muy buena en mi opinión, por cierto).

Todo iba muy bien, la Frijolita y yo estábamos sentadas en el sillón jugando, ella sin siquiera voltear a la televisión, cuando de repente... 

 ¡POOOOOOOOOOOOOOOOOOOOM!

El esposo tenía razón, la explosión principal de la película se escuchó casi como si estuviéramos ahí... pero claro, nosotros sabíamos que no estábamos "ahí", pero la Frijolita no y pegó semejante grito de terror mientras levantaba sus manitas... sólo le faltó gritar "¡aaaaaaaaah, nos invadeeeeeeen!".

Yo me salí corriendo de la sala hacia el jardín y comencé a distraerla... ella, sin llorar, pero cautelosa, comenzó a voltear para todos lados como diciendo "yo escuché algo ¡aquí pasó algo!", pero al no ver nada sino mi sonrisa tonta de "jiji, perdón" hizo una cara como de "eeeeeeh, jeje, qué oso ¿eda? Lalala, no pasó nada", y ambas fingimos demencia y volvimos a entrar a la casa.

La verdad es que al esposo y a mí nos dio un poquito de risa (oqueeei, mucha), de esa risa nerviosa y culposa porque a la vez nos sentíamos de la patada de haberle provocado tremendo susto a la Frijolita, pero de alguna manera ese incidente fue un despertar para nosotros. Nuestra bebé ya no es nada más un bodoquito que casi no interactúa con su medio y se dedica a dormir y comer, ahora la Frijolita ya es una niña que comienza a estar mucho más al pendiente de su entorno y a recibir todos sus estímulos al por mayor.

Por supuesto, el incidente de la bomba en surround nos llevó a ser mucho más cuidadosos con qué estamos viendo cuando ella está presente y a tratar de mantener el nivel de ruido lo menos intrusivo posible para que no esté con sus sentidos alterados todo el tiempo.

Yo, la que se preguntaba con cierto hartazgo "ay ¿por qué los papás a fuerza tienen en la tele todo el tiempo cosas para niños? Guácala", ahora soy fan de Handy Manny.

¿Y el surround system? Ahí, sirviendo de reproductor de DVD, esperando a que sea de noche para que veamos películas, sin explosiones, y a volumen medio.

Frijolita 1- Surround System 0.

Monday, August 16, 2010

Lejos, muy lejos de los brazos de Morfeo

Cuando estaba embarazada, uno de los primeros consejos que me dieron otros papás jóvenes fue: "trata de dormir lo más que puedas porque después ya no vas a poder". "Pamplinas", pensaba, "eso de que no se puede dormir nunca igual después de tener un hijo es uno de esos mitos que usan los papás para asustar a los demás o para buscar un poco de simpatía y compasión". Ahora todos los días me doy diez latigazos en la mañana por haber pensado tal tontería.

Todos, TODOS, tenían razón. Mi hija es una maravilla, se porta bien, todo el tiempo está sonriendo, es la mejor bebé durante todo el día, pero pareciera que en las noches se transforma en un bebé totalmente diferente, algo que el esposo y yo hemos llamado el "Fenómeno del Baby Jekyll y Baby Hyde", y por tanto, las noches han sido muy complicadas desde que nació.

Si bien me chocan las mamás que lo único que hacen es quejarse de sus hijos como si fuera deporte olímpico y ellos fueran un castigo del Señor (cuando obviamente los adoran), y no pretendo tirarme al drama ni mucho menos, creo que merezco un poquito de desahogo, sobre todo si toman en cuenta que tras un embarazo nada fácil y ocho meses de nacida la Frijolita llevo la fabulosa cantidad de quince meses sin dormir bien o casi nada.

La verdad sea dicha, yo tenía expectativas muy altas sobre la forma en la que la bebé iba a dormir. Mi mamá siempre presume el hecho de que tanto mi hermano como yo comenzamos a dormir toda la noche (bueno, de 12 AM a 6 AM) desde que teníamos UN mes de edad, así que las primeras semanas que pasé como mamá, totalmente desvelada y adolorida, tratando de amamantar, cambiar pañales y arrullar a mi bebé,  las pasé diciéndome "pronto pasará, cuando cumpla un mes todos volveremos a dormir". Cuando la Frijolita cumplió un mes y se siguió despertando tres veces cada noche busqué consuelo en alguien más y encontré a un amigo que me dijo que todo se volvía más fácil pasando los primeros noventa días. Cuando cumplió los tres meses y siguió despertándose tres veces busqué consuelo en las experiencias de otros padres. Ahora que ya cumplió ocho me he convertido en la referencia y consuelo de otros ("uy ni te quejes, la bebé de la Galle y el Maple Pie ya tiene ocho meses y todavía no duerme toda la noche").

He buscado la explicación para el hecho de que a mi hija no le de la gana dormir más de tres horas de corrido en todos lados, hasta en la "suerte"; con total convicción he llegado a pensar que es mi culpa que esto pase porque las primeras tres noches (por separado) que la nena durmió la noche completa tuve la fabulosa idea de anunciarlo por Facebook. He llegado a pensar que sin duda lo que sucede es que me estoy echando la sal solita, así que la última vez que durmió de 9 PM a 7 AM ni de broma se lo comenté a nadie (aunque celebré con el esposo dando de saltos en los sillones).

Mi teoría se fue al traste cuando a mi nena se le ocurrió despertarse dos veces la noche siguiente. La frustración y el cansancio no se hicieron esperar, y desde entonces no me he dejado de hacer la misma pregunta:

¿Por queeeeeee a miiiiiiiiiiiiiii?


¿Por qué si sigo los consejos de los libros y los sitios sobre bebés? ¿Por qué si tengo una rutina nocturna perfecta (cena, baño, masaje, lectura, canción de cuna, habitación a temperatura ideal y oscura)? ¿Por qué si he seguido al pie de la letra el método Ferber? ¿Por qué si cuando voy a verla cuando se despierta no tiene hambre, ni frío, ni calor, ni está mojada? ¿Por qué si no le gusta dormir en nuestra cama? ¿Por qué, amada hija mía, me despiertas dos o tres veces cada noche, todas las noches, y aún así te despiertas a las 5.30 AM, aunque sea sábado o domingo? ¡¡¡¿¿¿POR QUÉ SI SOY TAN BUENA, POR QUEEEEEEEE???!!!
La respuesta no la tengo, y francamente, no creo que tenerla sea tan importante como saber cómo hacer para que ya no suceda. El esposo y yo repasamos con cuidado los acontecimientos de los días anteriores a las noches en las que ha dormido por ocho o hasta diez horas seguidas en busca de pistas que nos permitan saber cuál es la fórmula para que todos podamos descansar mejor. Hasta ahora no hemos encontrado ninguna.

Todo parece indicar, según lo que hemos leído, que lo que sucede es que, simple y llanamente, cada bebé es diferente, y que si bien podemos aplicar todas las técnicas habidas y por haber, su propio crecimiento puede afectar los patrones de sueño de formas que a veces los papás no entendemos. Por ejemplo, hemos leído que hay bebés que duermen bien hasta que empiezan a pararse o a caminar porque el descubrimiento de su movilidad los saca de onda y hace que "nomás porque pueden" se sienten o se paren en la noche (¿quién quiere estar acostado y dormido cuándo es posible caminar? ¡wiiiiiii!).

Racionalizar estas cuestiones es más simple cuando NO son las 3 de la mañana y lo único que quieres escuchar es... nada sino silencio; en cambio, cuando son las 3 de la mañana y estás de lo más irascible, cualquier intento por razonar con uno mismo o con el otro puede resultar en un intercambio de vituperios contra todos los teóricos del sueño infantil.

Nosotros, en aras de la salud mental, hemos decidido dejar atrás el método Ferber (aquél donde dejas que el niño llore por periodos cortos hasta que aprenda a calmarse solo y dormir la noche completa) porque no nos está funcionando muy bien y ha hecho que nos sintamos como los peores monstruos del universo, sobre todo a partir de que hace dos noches lloró tanto que vomitó. Si bien es un método que puede funcionarle muy bien a algunas familias, a nosotros nada más nos está torturando. En su lugar, intentaremos el método de Elizabeth Pantley... y a ver cómo nos va porque aunque entendamos que cada bebé es diferente, no podemos quedarnos sin hacer nada viéndonos las caras los tres a mitad de la noche.

Por todo esto, últimamente no hay nada que desee más que volver a dormir como antes, a pierna suelta y sin interrupciones. En eso estaba pensando, y preguntándome cuándo volvería a dormir así de rico cuando recibí una llamada de mi mamá temprano en la mañana.

"¿Tú me llamaste anoche como a la 1 AM mías?", preguntó un poco preocupada, "no ma, para nada, no fui yo", contesté, "¿pero estás bien?", "sí claro, todo bien", "ah, es que alguien marcó a esa hora y no alcancé a contestar y pensé que eras tú y te marqué al celular pero no entró y luego a tu casa y tampoco entró y entonces esperé que volvieras a marcar y como ya no marcó nadie y yo pensé que eras tú y necesitabas algo, pues... ya no dormí bien toda la noche".

Gracias mami, sin querer, contestaste mi pregunta. La respuesta es: NUNCA.

Thursday, July 29, 2010

La tragedia del diente

Yo andaba presumiendo por todos lados, "soy bien alivianada goeeeei", le decía a todos, "yo no soy la típica mamá que al primer estornudo están llamando al pediatra, no, yo no me obsesiono con el color y consistencia de las popós de mi hija ni me altero al menor llanto, yo tengo los pies bien plantados sobre la tierra y sé cuándo hay que preocuparse y cuándo no".

Ajá

Hace unos cuántos sábados, la Frijolita y yo fuimos al Baby Shower de mi amiga la Tica y estaba duro y dale que quería jugar con la pulsera de otra de mis amigas, así que se la prestamos porque ¿qué podía pasar? Al rato ahí andábamos preocupadas sacándole piedritas de la boca que había logrado quitarle a la pulsera -¿cómo? No lo sé- prueba número 546,826 de que a los bebés no se les puede dejar nada. Yo quedé tranquila después de cerciorarnos de que le habíamos quitado a la nena todas las piedrecitas que andaban sueltas y me olvidé del asunto.

Al otro día, estaba arrullando a la Frijolita y se me ocurrió dejarla que me mordisqueara el dedo, pero tuve que retirarlo rápidamente porque me puso un mordidón de aquellos (auch) ya que le estaban saliendo los dos dientecitos de en medio de abajo -o como dirían elegantemente los dentistas, los incisivos centrales- y estaban de lo más filosos.

Se me ocurrió entonces asomarme a ver cómo iban saliendo los dientecillos ya que en general no nos deja verlos bien, y entonces comenzó la tragedia...

Juro que el dientecito de la derecha (su derecha... de ella, no de ustedes, jojo) era como un triangulito y el de la derecha, como debe ser, un rectangulito. Entré en pánico inmediatamente y como flashback de serie televisiva vino a mi mente el recuerdo de la noche anterior y exclamé "¡pooooooor mi culpa se rompió el dienteeeeeeeeeeeeeeeee!" y ya me veía acudiendo a un dentista especialista en niños solicitando la reconstrucción del arruinado diente de leche mientras aguantaba las miradas de desaprobación de él, de el esposo, de mi familia y de la sociedad entera.

"Güeeeeeeeeero, cooooooooooooooome pleaaaaaaaaaaase!!!!" supliqué y en pocos segundos ahí tenía al esposo enfrente de mí con cara de "¿y ahora qué?". Inicié de inmediato mi retahíla: "se le rompió el dieeeeeeeente, miiiiiiiiiiiiiira cómo estáaaaaaaaaa, está rooooooooto por mi cuuuuuulpa, por la pulsera de ayeeeeeeer, no puedo creer que ya le arruiné el diente y eso que todavía ni le sale bieeeeeeeeen, hay que ir al dentiiiiiiiiiiiista, a lo mejor le pueden poner una prótesis o algo, aaaaaaaaaay su dieeeeeeeeeeente".

El esposo no me creyó, y me dijo que simplemente todavía no le salía bien y por eso yo pensaba que estaba roto "no está roto, está a medio salir" me dijo, y me pidió que me olvidara del asunto.

Sí, cómo no.

A partir de ese día pasé semanas obsesionándome con el diente, tratando de verlo a cada rato para saber de una vez por todas si estaba bien o mal. Quise, por supuesto, ir a ver a un dentista, pero el esposo me dijo que no, que no íbamos a pagar $120 dólares nada más para que nos dijeran lo que ya sabíamos: que todo estaba bien y que yo estoy loca.

Algunos días me convencía de que todo estaba bien, pero otros pensaba que, efectivamente, estaba roto. Sin embargo, al final, me convencí de dejar el asunto un poco por la paz hasta que el diente saliera por completo.

Oh-gran- error

Hace más o menos dos semanas viajamos a Vancouver y vimos a una de mis mejores amigas quien no sabía del asunto y de todos modos dijo al ver que le estaban saliendo los dientes "ay, pero uno está como roto ¿no?". Otra vez regresó el pánico a mí y ahora sí no hubo poder del esposo que me convenciera de que no tenía que llevar a la bebé al dentista... cuando regresáramos al Tomatito... en quince días.

Tristemente, el diente no quiso esperar y todo se complicó justo en el momento en el que ya tenía otras complicaciones con las cuales lidiar. Pasé varios días con el esposo en el hospital en Victoria, British Columbia, y justo en ese momento, al diente se le ocurrió primero cubrirse de encía inflamada y luego ponerse NEGRO (junto con la encía, claro).

Yo quería correr al dentista, pero me encontraba en una isla en la que no conocíamos a nadie, con el esposo en el hospital y varias preocupaciones sobre el regreso a Tomatito (¿volver o no volver? ¿pedir permiso en el trabajo para quedarme con el esposo? ¿gastar una fortuna en hotel, renta del coche y cambios de vuelo o irme con la Frijolita?). Al final no me dio tiempo de ver a un dentista y emprendí el largo y cansado camino a casa.

Afortunadamente, mis amigas de aquí ya me tenían nombres y teléfonos de dentistas, y una de ellas muy amablemente me acompañó con un especialista en niños. Regresamos a Tomatito un jueves muy tarde por la noche y vimos al dentista el lunes... parecen ser pocos días, pero con esos bastó para que el diente se pusiera peor, ya no estaba negro, pero ahora sólo quedaba un pequeño pedacito en pie.

La dentista confirmó lo que yo sospechaba: el diente estaba demasiado dañado, estaba roto hasta el nervio y no había forma de salvarlo, tendría que removerlo. No quise esperar más y decidimos que la extracción se efectuara de inmediato.

Yo ODIO ir al dentista, soy miedosa como la que más, no me gusta el ruido que hace la fresa y me atormenta pensar en el dolor que causan los instrumentos que usan en un consultorio, así que la idea de someter a mi hija a un procedimiento dental no me emocionaba en lo absoluto, pero  no me quedaba de otra.

Mi pobre niña.

Sin saber lo que le esperaba, nos sentamos la dentista y yo frente a frente y la acostamos con su cabeza en las piernas de la doctora y sus piernitas en las mías. Primero le pusieron un gel para adormecerla un poco y creo que desde ahí la Frijolita sospechó que algo raro estaba pasando. Cuando le inyectaron la anestesia comenzó el calvario para las dos, yo nunca había escuchado a mi hija llorar de esa manera, con una combinación de dolor con terror... es horrible, es un llanto que se me quedó en la cabeza y que espero nunca tener que volver a escuchar.

El mentado procedimiento tardó bastante más de lo que la dentista esperaba en un principio así que la bebé y yo sufrimos una tortura prolongada. Yo tenía que sostener sus brazos pero comenzaban a resbalarse de mis manos de tanto que yo estaba sudando, de reojo vi su boca y al verla llena de sangre de repente me invadió una sensación de calor terrible y sentía cómo me latía rápido el corazón. Claro, estaba consciente de que "sólo" se trataba de un diente, de que no le estaban haciendo daño y que todo era por su bien, pero aún así, sus lágrimas, sus gritos, su sangre me tenían mareada, nerviosa y hasta asustada.

Cuando todo terminó la abracé fuerte para consolarla y le pedí perdón mil y un veces. Yo no sé de qué color me puse que hasta un jugo me ofrecieron, pero yo no quise nada, lo único que quería era abrazar a mi bebé y pedirle que me perdonara por la negligencia que ocasionó que terminara adolorida y chimuela.

A la Frijolita se le pasó el susto en cinco minutos y volvió a ser la niña preciosa y sonriente de siempre. A mí... todavía no se me pasa, y ese llanto espantoso me taladra la cabeza de vez en vez. Sobre todo, me ha costado mucho trabajo dejar atrás la culpa tan grande que siento de que la nena haya tenido que pasar por eso y de que no vaya a tener ese dientecito sino hasta que le salga el permanente en unos seis años, a pesar de que la dentista me dijo que estas cosas pasan más de lo que uno se imagina.

"¿Alivianada yo goeeeeeei? ¡PARA NADA!"

Que nadie se le acerque a mi hija, que no se meta absolutamente NADA en la boca, que nadie la mire, que nadie la lastime... ¡que alguien la proteja de la tonta de su madre!

Y de ahora en adelante, no importa lo que diga el esposo, pagaremos cuantas veces sea necesario aunque sea para que me digan que todo está bien y que yo estoy loca.